sábado, 31 de diciembre de 2011

MAS DE TERROR

EL SIGUIENTE RELATO FUE ESCRITO POR CESARINO EN UNA NOCHE OSCURA Y TÈTRICA.. A ESE  SEÑOR LE ENCANTA SUFRIR DE MIEDO, PERO, COMO ÈL DCE: "NO CREO EN BRUJAS, PERO DE QUE VUELAN, VUELAN"

CON TODO CARIÑO FUE DEDICADO A DAGMARINA, QUIEN MUCHO LO AGRADECE, PORQUE NECESITA URGENTEMENTE  UN GRAN TESORO PARA SOBREVIVIR EN ESTOS TIEMPOS.

EL TESORO

La familia Pérez es de origen llanero. Sus ancestros Vivieron a orillas del Apure y las nuevas generaciones se habían mudado a las ciudades en busca de nuevas oportunidades.
Sin embargo, siempre habían permanecido fieles a su terruño y anualmente visitaban a unos tíos ancianos que se  mantenían en su pueblo, cultivando su humilde comuco.
Las chozas venezolanas de los llanos son fabricadas de bahareque, que es una mezcla de barro y hierbas y techadas con paja. Por lo tanto, son altamente inflamables, máxime si se cocina con leña, por eso se acostumbra fabricar la cocina alejada de las demàs habitaciones y ésta es bastante espaciosa.
Los hijos de la familia dormían en chinchorros colgados en el corredor techado que rodeaba la casa principal, sumamente fresco y abierto a la sabana, pero el padre, siempre colgaba su chinchorro dentro de la amplia cocina.
Un año,, por casualidad, la familia fue de vivita a principios de noviembre, coincidiendo con el día de todos los muertos.
En las regiones rurales  de nuestro país, ese día se celebra en serio, la devoción de nuestro pueblo se desborda en múltiples tradiciones para honrar a los difuntos.
Los Pérez concurrieron a la iglesia con los demás, pero no participaron de los demás rezos. Cuando terminaron, colgaron sus chinchorros en los sitios acostumbrados, pero el señor Pérez no pudo pegar el ojo.



Recostado en su chinchorro vio, en la pared que le quedaba enfrente uma luz que se movía extrañamente y al aparecer, comenzaban a aullar los perros de manera estremecedora.
Al día siguiente  comentó a su familia lo sucedido e, inmediatamente, la señora se santiguó en nombre de las Tres Divinas Personas y aconsejó que no se durmiera más en la cocina.
-Seguramente es un alma en pena que te salió por no haber participado en los ritos a los difuntos.
-No seas boba, mujer, dijo su marido, eso debe ser que hay n entierro allí y Pedro -que así se llamaba el señor Pérez- es el escogido para encontrarlo.
Llevaron la conversión a los vecinos y cada uno dio su opinión. La mayoría coincidía en que era un entierro y Pedro debía buscarlo.
Lo mismo sucedió durante varias noches, y Pedro se decidió a excavar, aunque sin mucha fe y solo  para complacer a su parentela.
Derribo la pared de la cocina donde aparecía la luz y comenzó a excavar en el sitio exacto donde la viera.
Trabajaba de día y de noche colgaba la hamaca bajo el cielo, entre dos árboles y seguía viendo la luz danzante.
Son fuegos fatuos, le decía su razón citadina, pero por si acaso, se acostumbró a persignarse y rezar un Padre  Nuestro, por si acaso.
Los perros del vecindario parecían ponerse de acuerdo para aullar y gemir lastimeramente, hasta el punto que nadie podía dormir.
Una noche de plenilunio, mientras la luna y los millones de estrellas visibles en el limpio cielo del llano, iluminaban casi como si fuera de día, Pedro decidió cavar de noche y aprovechar el frescor.
Al día siguiente todos se levantaron y cuando saboreaban el café cerrero de la mañana, no vieron a Pedro por ninguna parte y la señora, tomando un gran pocillo de café, fue a llevárselo hasta la semi derruida cocina.
Un grito de horror estremeció a todos, que se abalanzaron  hasta la cocina y vieron a la señora, pálida como la muerte ante un gran hueco cavado en el suelo.
Dentro del hueco encontraron el cadáver de Pedro, borrosamente mutilado y con un rictus de horror en el semblante.
Estaba tendido sobre un gran cofre a medio desenterrar.
Los difuntos habían entregado su tesoro, pero habían cobrado venganza en el profanador.


F I N

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